
Para el debut absoluto de estas Crónicas Gastronómicas tenemos reservada una mesa en el restaurante El Obrero, ubicado en el barrio de La Boca (... callejón... Vuelta de Rocha... bodegón... Genaro y su acordeón...). Tal como habíamos acordado inicialmente con el Sr. X, nos enteramos del destino de nuestra primera misión sólo minutos antes de la hora de la cena, al abrir el sobre lacrado que nos hace llegar con una motito al domicilio de Pastelito. Oportunamente nos había explicado que creía que así se ganaría en espontaneidad, evitando cualquier tipo de investigación previa que influencie nuestra sensibilidad crítica. Con Pastelito al volante, entonces, nos dirigimos a cumplir con nuestra tarea. El lugar queda justo enfrente de ese enorme y muy antiguo edificio de ladrillos, muy lindo, muy inglés, con un reloj tipo Big-Ben y todo, que perteneció a la Compañía de Electricidad Italo Argentina y que se puede ver apenas uno se sube a la autopista Buenos Aires - La Plata, sobre la mano derecha.

Por consiguiente, queda también a escasos 50 metros del río, cosa que aprovechamos para sacarnos una foto junto a una vieja embarcación de Buquebus en desuso que nos prometimos comprar y reacondicionar apenas este nuevo emprendimiento periodístico rinda sus primeros réditos.
El lugar nos impresionó favorablemente desde el primer momento, muy porteño, con fotos, carteles, señales viales, banderines y los etcéteras habituales, todo en su medida y armoniosamente. Elegimos una mesa pequeña y apenas nos sentamos advertimos que una parte considerable de los comensales a nuestro alrededor son extranjeros. O argentinos naturalizados.


Le pedimos al mozo un vino, que no tarda en llegar, lo cual es fundamental para el sano desenvolvimiento de la velada. El vino tiene que llegar al toque, casi al mismo momento que uno lo esta pidiendo. Se entiende que la comida pueda tardar algún tiempo desde que uno la encarga. Pero el vino no. Resulta que con la emoción del debut y las habituales presiones de la vida cotidiana, a estas alturas estamos con un hambre voraz.
Arrancamos con Mejillones a la Provenzal, una apuesta de Pastelito que el Sr. M recibe con escaso entusiasmo, pero que acepta quizás por el espíritu de turismo gastronómico de aventura que flota en el aire.

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La verdad es que no resultó una elección del todo acertada, pero preferimos seguir bebiendo, no ensañarnos con el tropiezo y continuar con un Arroz con Calamares que nos encanta (¡4 pastelitos!). Suculento. Definitivamente ya estamos pasandola de gran manera.

Como si fuera poco, comienza a escucharase una guitarra y una voz que canta “Esta noche amiga mía / El alcohol nos ha embargado (o embriagado?)” y una estampa tanguera que parece estar dirigiendo sus lamentos hacia nuestra mesa. No pasa mucho en realidad para que efectivamente pase a cantar sólo para nuestra mesa, pidamos otra botella de vino, brindemos con el cantor (76 años, riojano, con un cierto look Lorenzo Miguel, el nombre se nos hace imposible de recordar) en su honor e intercambiemos credenciales y comentarios varios.

Enseguida se suma el mozo a nuestra charla.
-¿Todo bien?
-Sí, sí.
Le preguntamos qué nos hubiera recomendado si no hubiesemos comido nada todavía. Y a modo de respuesta nos empieza a recitar la carta entera: pastas, minutas, parrilla, pescados... dando muestra de una gran seguridad y confianza en toda la carta.


Pedimos una Tortilla Española y Pastelito aprovecha el intermezzo para hacer una visita al baño. El veredicto de nuestro payaso preferido: “el baño sigue siendo típico, pero está aggiornado” y agrega, ya en voz más alta, “¡mozo, una soda!”. “Es que este vino (Cuesta del Madero, Clásico, 2009) emborracha”, explica ya de nuevo en un tono más intimista. Llega la tortilla. ¡Excelente!

-¿Se pueden poner 6 pastelitos?
-Seguro tío, hacemos lo que queremos!

Que por algo son nuestras crónicas y no las del Ruso Verea, por ejemplo, que está sentado dos mesas más allá. Aplacada la exitación inicial, desmedida por cierto, acordamos calificarla con 4 pastelitos y medio.
-¿Y la tortilla que onda?- tira el mozo al pasar, ya a esta altura sabiendose ganador (culpa nuestra, debemos reconocer).
-¿Qué tortilla?- devuelve rápido M, que no se da por vencido ni aún vencido, sépase.
-Jajaja... ¿van a pedir algún postre?
-No sé... ahora vemos.

Sigue, atiende otra mesa, entra a la cocina, vuelve a salir, pasa al lado nuestro y deja caer un plato con un postre que parece ser un tiramisú (que, huelga decir, nunca pedimos).
-Probá este postre y decime.
Un capo. Ya hace lo que quiere con nosotros. Tomamos nota: debemos ser más sutiles, más cautos para la próxima. Y establecer límites. Pero probamos.
-La crema esponjosa, fantástica- una evidente exageración, pero estamos de ánimo festivo y a esta altura todo suena bien.
-El bizcochuelo extra-humedecido en alcohol. No hay nada más que decir.
Exacto.
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-Mozo, la cuenta!

$ 144. Pastelito saca el dinero del sobre que le entregó el Sr. X y paga, incluyendo una generosa propina.
Es así que satisfechos, nos retiramos. Que estos soldados tienen que servir para otras muchas batallas todavía.
¡Hasta la próxima, amigos!

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