Con mapa o sin mapa, otra vez tardamos mucho y damos una barbaridad de vueltas de más para llegar a lo de Don Chicho (pasamos al menos 4 veces a menos de una cuadra del lugar). Si bien es un hecho que la zona está infestada de diagonales y cruces con 5 o más esquinas (hecho que debemos advertir sin falta al lector desprevenido), el llegar fácilmente a nuestro objetivo parece una misión imposible, como si pendiera una maldición sobre nuestras cabezas, que se diluye apenas arribamos al lugar.
La primera impresión es inmejorable.
Y si bien el interior de la cantina se muestra como una verdadera muestra de genuina porteñidad, repleto de banderines y fotos y posters que redondeaban un festival de pura parafernalia funebrera (es decir vinculada al Club Atlético Chacarita Juniors), elegimos sentarnos en una de las mesas dispuestas sobre la vereda, muy cerca de la puerta del local y justo frente a una de las ventanas sobre la que se encuentra apostada una mesa donde se amasan en vivo los fussili que dan merecida fama al lugar.
Estábamos acomodándonos en la mesa cuando nos sacude la aparición de un pequeño patovica que se elevaba como mucho un metro del nivel del suelo, disparando con su Itaka de juguete sobre una aterrada señora que sale rápidamente del lugar mirando hacia atrás, temiendo que al nene se le escape algún tiro de verdad. La señora cruza la calle y el chico se queda parado en la vereda, apuntándola, asegurándose que no se le ocurra volver sobre sus pasos.
Mientras tanto, se acerca a nuestra mesa el mozo, nos da la bienvenida y nos deja la carta. “Pará, pará, no te vayas. Antes que nada, traeme un vino. A ver… un Trapiche Malbec… Después vamos viendo que pedimos…”
Pastelito se adueña de la carta y arrancamos con unos calamares ($ 15 la ½ porción) y un plato de morrones fritos ($ 14) que podrían haber estado mejor. Acto seguido pedimos unos “fucciles”, ($ 28 el fierrito, para compartir) con salsa scarparo y otro vino, claro.
El mozo (muy joven, flaquito, pilas, simpático, buena actitud) duda un segundo y pregunta:.
- ¿No van a pedir albóndigas?
- No, no ibamos a pedir almóndigas (sic!). ¿Por qué?
- Porque todo el mundo muere por nuestras albóndigas. Les traigo media porción, que son 2 bolas grandes. No se van a arrepentir.
- Bueno, si la casa lo recomienda tan entusiastamente…
- Van a ver. Se podrán quejar de la atención, pero nunca de las albóndigas.
“¿Ves? ¡A Pastelito lo reciben con los vasos abiertos!”, le dice P a M.
Pastelito le dice a un muchacho que está sentado en una mesa vecina, frente a una chica: “Disculpá, te robo la silla”, pero se lo dice así, sin signo de interrogación, o con un signo de interrogación tan imperceptible que las chicas en nuestras oficinas centrales, cuando transcriben estas notas, terminan omitiéndolo.
Y de hecho es como si hubiera dicho “Disculpá, te robé la silla” porque antes de terminar de pronunciar la frase ya le sacaba la silla y la acomodaba a su lado (ver fig. 2).
Para más, y ante la estupefacción del joven, en un primer momento, después de acomodar a su lado la silla recién robada, no le da ningún uso específico, quedando todo en un robo por el robo mismo, una simple y clara provocación, lo que hace que el sr. M no pueda evitar dejar escapar una pequeña risotada seguida de un amistoso gesto de censura a su amigo y colega. Pasados unos minutos nuestro payaso preferido terminó usando la silla para apoyar su sombrero, pero el mal ya estaba hecho.
Lo que pasa es que Pastelito venía cruzando unas miradas con la chica que estaba con el joven víctima del hurto… Y M, que ya conoce largamente a Pastelito, sabe cómo terminan a veces estas cosas. Porque Pastelito es un romántico incurable. Pero tiene un estilo de seducción muy particular, no le importa gran cosa si la afortunada de ocasión está sola o acompañada. Y entonces, en ciertas oportunidades, todo termina en una gran trifulca (con piñas, patadas voladoras y todo eso), y a veces en una cobarde huida, según sean las circunstancias.
El flirteo se suspende por unos instantes porque P necesita hacer una visita al baño. Por alguna razón el baño es un ítem insoslayable en nuestras críticas. De vuelta, P sentencia: “El baño tiene los servicios básicos”.
El pequeñín de la Itaca se para al lado de nuestra mesa, colgándose el arma al hombro, como queriéndonos asegurar que pase lo que pase él se iba a ocupar de nuestra seguridad.
Pastelito le pregunta: - ¿Sos hincha de Chaca?
- Sí, somos todos de Chaca- responde el nene, como si hiciese falta la aclaración.- ¿Y vas a la cancha?
- Si, vamos siempre, con mi papá y mi hermano.
- ¿Y tu mamá no va con ustedes?
- No. Mi mamá no quiere ir más.
- ¿Por qué?
- ¡Porque se pudrió todo!- contesta, provocándonos una carcajada automática que tratamos de reprimir rápidamente, que el purrete no crea que lo estamos festejando, no señor, que no es esa nuestra intención. Téngase en cuenta que la semana anterior, la hinchada de Chaca había protagonizado unos desmanes de proporciones (con agresiones a dirigentes del club visitante y el incendio de dos patrulleros y un ómnibus de infantería incluidos, cuando recibieron en su propia cancha, en San Martín, a Atlanta, su clásico rival, en un encuentro que se suponía iba a jugarse sin público de ninguna de las dos parcialidades. En fin, el folklore del fútbol...)
La siguiente pregunta, ya en plan de reportaje de investigación con orientación sociológica, se impuso obligadamente.
- ¿Vos fuiste al partido con Atlanta?
- ¡Si! ¡Corrieron todos!
- ¿Los de Chaca? – aguijoneamos maliciosamente.
- ¡No! ¡Los de Atarata (sic)!
Simplemente no lo podíamos creer. Y eso que somos dos periodistas experimentados, con mucha calle y todo eso. Pero no terminó ahí. Le hacemos una pregunta más, para poner todo más en contexto.
- ¿Y vos, cuántos años tenés?
No contesta inmediatamente. Piensa, baja la Itaka, y levanta su mano derecha mostrando 4 deditos, la seña universal de los niños que quieren decir “4 años”.
La pareja de al lado, testigos del diálogo, nos mira azorados, como pidiendo explicaciones. Que no les damos, porque tampoco las tenemos. Pero iniciamos un diálogo amistoso con nuestros vecinos, como si no hubiese existido nunca el incidente de la silla. A todo esto el pibito se mete adentro empujando la puerta de una patada, como si fuera un marine entrando a la casa de Osama Bin Laden. Cada vez que entra o sale usa la misma técnica, y entra y sale todo el tiempo, lo que nos sobresalta un poco al principio pero después nos acostumbramos. Como con los tiros.
Llega el plato de fussili/fuchile/fucciles, que disfrutamos bastante. El Sr. M nota que Pastelito acompaña el plato de pastas con abundante pan, cosa que él mismo también hace. Pero ve que P descarta la miga, así que le pregunta:
- ¿No te parece que es medio de maricón no comer la miga?
Pastelito para de masticar, levanta la vista y responde:
Es el turno de M de visitar las instalaciones sanitarias. A la vuelta, P le pregunta que le parece y M se explaya sobre un detalle que le llamó especialmente la atención.
-Bien. Es un baño. A simple vista nada fuera de lo común. Pero vale la pena dejarles a nuestros lectores una impresión, a modo de nota de color. A un costado del lavabo, en el espacio reservado en algunos lavabos para apoyar un jabón, tuvieron la feliz ocurrencia de colocar un pequeño baldecito de más o menos un litro de capacidad… una hielera de plástico, de esas que imitan a las metálicas con las dos asas y todo eso… y en el fondo un poco de jabón líquido, digamos 1 o 2 centímetros, 50 mililitros como mucho. Estamos de acuerdo con que poner tres cuartos litros de jabón hubiese sido también un desatino, pero de esta manera, el que quisiese lavarse las manos con jabón tenía que hundir las puntas de los dedos en el balde y desde las puntas de los dedos extender el líquido limpiador por el resto de sus manos. Una gracia genial de Don Chicho. Para mí, el baño se lleva por lo menos dos pastelitos extras por la sutileza.
A esta altura, la pareja de la mesa de al lado ya era parte integral de nuestra conversación. Así que nuestro genio y figura en un momento les pregunta: “¿Nos sentamos con ustedes? ¿Les molesta?
-No, dale.
El chico no parecía muy convencido, pero a la chica se la notaba extrañamente entusiasmada con la charla inteligente y los comentarios perspicaces de estos cronistas.
Cuando se acerca el mozo nota que ya habíamos juntado las mesas y se ríe cómplice y aprobador. Por mera formalidad le preguntamos si no es molestia que nos hayamos pasado de mesa.
-No, me parece perfecto –dice con un gran sonrisa en la cara, y aclara- si fuese por nosotros, lo que queremos es lograr una sola mesa de cien.
-¿Tenés champagne Monitor? – Pero el mozo es demasiado joven para saber de qué se trata. No escuchó hablar de Charles Aznavour tampoco, claro. Mientras charlamos nos debatimos entre pedir otro plato o pasar al postre. Vemos pasar un flan con forma de locomotora, una especie de flan-budín, enorme, que nos tienta. El mozo va y viene y nos pregunta ¿Entonces? ¿Dulce o salado?
Y estuvimos un rato más charlando con F (el chico) y A (la chica), que al final de todo no eran pareja, decían que eran sólo amigos, él se está por casar (no, nos quiere invitar a la fiesta), ella está feliz que F se case contra (sic) Juliana (¿puse Juliana y no J?), porque “es la mejor mujer con la que F se podría casar”.
Volviendo a nuestra labor profesional coincidimos en que el ambiente de la cantina es “tranquilo, familiar. Salvo por los tiros”. Pastelito le cuenta a A (la chica) algunos secretos e infidencias de estas Crónicas. “¿Sabés qué pasa? Es que Pastelito vende ilusiones” “La premisa es buena onda y alcohol”. Después la conversación pasa a un plano más personal. Pastelito cuenta algo de su hija. “¿De qué signo es?”, pregunta A. “Mi hija es de Génesis” dice Pastelito como si supiese de qué está hablando. Ella (fotógrafa, forma parte del colectivo Bien Al Sur) le habla sobre comunidades saludables, adolescencia, Toto La Momposina, Lila Downs. Qué le habla, exactamente, no lo recordamos… pero tomamos algunas notas sueltas y cumplimos transcribiéndolas, para que no parezca que nos juntamos cada 15 días sólo para comer y tomar vino. Les pedimos que, a modo de avant-première de una sección que pensamos presentar próximamente, tengan a bien recomendarnos 2 (dos) lugares para comer, sean cuales fueran los motivos para la elección. Tardan casi diez minutos en decidirse a recomendarnos un solo lugar, pero una vez que empiezan ya no pueden detenerse: Club Eros, El Desnivel, Chef Yusef (del que A aseguraba que era armenio, dato erróneo, que seguramente había leido en alguna guía de restaurantes berreta, y que ofende la sensibilidad del sr. M, pero qué culpa tiene ella), Enfundá la Mandolina, Marcelina y García… Pero hoy estamos en Don Chicho, pasándola de maravillas, pero sabiendo que ha llegado la hora de decir adiós. Pedimos la cuenta, que ronda los $ 160 y nos despedimos, felices y satisfechos, esperando encontrarnos nuevamente con una nueva aventura gastronómica, dentro de 15 días, por este mismo canal.
Volviendo a nuestra labor profesional coincidimos en que el ambiente de la cantina es “tranquilo, familiar. Salvo por los tiros”. Pastelito le cuenta a A (la chica) algunos secretos e infidencias de estas Crónicas. “¿Sabés qué pasa? Es que Pastelito vende ilusiones” “La premisa es buena onda y alcohol”. Después la conversación pasa a un plano más personal. Pastelito cuenta algo de su hija. “¿De qué signo es?”, pregunta A. “Mi hija es de Génesis” dice Pastelito como si supiese de qué está hablando. Ella (fotógrafa, forma parte del colectivo Bien Al Sur) le habla sobre comunidades saludables, adolescencia, Toto La Momposina, Lila Downs. Qué le habla, exactamente, no lo recordamos… pero tomamos algunas notas sueltas y cumplimos transcribiéndolas, para que no parezca que nos juntamos cada 15 días sólo para comer y tomar vino. Les pedimos que, a modo de avant-première de una sección que pensamos presentar próximamente, tengan a bien recomendarnos 2 (dos) lugares para comer, sean cuales fueran los motivos para la elección. Tardan casi diez minutos en decidirse a recomendarnos un solo lugar, pero una vez que empiezan ya no pueden detenerse: Club Eros, El Desnivel, Chef Yusef (del que A aseguraba que era armenio, dato erróneo, que seguramente había leido en alguna guía de restaurantes berreta, y que ofende la sensibilidad del sr. M, pero qué culpa tiene ella), Enfundá la Mandolina, Marcelina y García… Pero hoy estamos en Don Chicho, pasándola de maravillas, pero sabiendo que ha llegado la hora de decir adiós. Pedimos la cuenta, que ronda los $ 160 y nos despedimos, felices y satisfechos, esperando encontrarnos nuevamente con una nueva aventura gastronómica, dentro de 15 días, por este mismo canal.













