(Continuación...)
La Velada del Regreso ya se había encaminado por senderos decididamente más felices. Empezamos con lo nuestro, que para eso vinimos: arrancamos con el matambre, que, en rigor de verdad, estaba algo más seco de lo deseable; la guarnición de papas que acompañaba el plato es generosa, crocantes por fuera y suaves por dentro, como debe ser. Ahora, el plato de pastas, los fussili con salsa scarparo, desatan al primer bocado el entusiasmo desbordado de nuestro esponjoso payaso, que grita a viva voz -“¡5 pastelitos!”. Y aquí aprovechamos para refrescar a nuestros viejos seguidores y presentar a los nuevos lectores el sistema de calificación que utilizamos en estas crónicas. Es simple: calificamos distintos ítems o categorías que hacen a la experiencia gastronómica, otorgando entre 0 y 5 “pastelitos” (incluso, a veces –excepcionalmente-, más de 5, a veces menos que 0…), donde 0 pastelitos significa “pésimo” y 5 pastelitos, “excelente”. Pastelito recupera el menú, y pide un pollo “Brian”, que el mozo luego nos asegura que es un “favorito” del lugar. Y por favorito nos explica que debemos entender que es “de lo que más salen”.

Registró el momento
en una fotografía que compartimos aquí con ustedes y acto seguido apoyó el
pescado sobre la tabla de madera y se dispuso a desenganchar el anzuelo de las
fauces de la presa, pero cuando ésta vio la oportunidad (porque parece que se
hacía la muerta, pero la tararira seguía pispiando a Pastelito, por el rabillo
de uno de sus ojos, esperando el momento apropiado para el contraataque), se
arrojó sobre el dedo del novel pescador y ya no lo quiso soltar, y tenían que
escucharlo a Pastelito contar todo esto, como un falso Hemingway en Villa
Crespo. La lucha encarnizada entre el
hombre y la bestia se resolvió con un movimiento temerario de Monsieur Pastel,
que atinó a manotear su cuchillo de carnicero (nunca sale sin él) y en su
intento de dar con el corazón del animal, lo apuñaló, infructuosamente, cinco,
seis, siete veces, hasta que el enemigo desistió y nuestro paladín se quedó sin
aliento. Desangrándose, destrozada, la
tararira todavía miraba al adalid del
periodismo gastronómico independiente con los ojos inyectados en odio y entonces
Pastelito, quizás porque ya no podía seguir enfrentando esa mirada, quizás
porque pensó –en un arranque de vano sentimentalismo- que el pobre animal podía
llegar a rehacer su vida si era devuelto al agua en tales condiciones, lo
arrojó fuera del bote, lo más lejos que pudo, de vuelta a la laguna.

Contra todo pronóstico, la tararira, deshecha
en jirones a pura cuchillada, apenas tocó el agua se sacudió en un nado alocado
que fue también un canto a la vida, una oda a la naturaleza, una denuncia al
salvajismo y el sinsentido del ser humano.
Pastelito, bastante maltrecho también, porque el ataque inicial le había
provocado una herida de consideración y del dedo chorreaban cantidades considerables
de su preciada sangre, se arrancó una manga de su remera, y se vendó el dedo
herido, porque ya temía que el olor de la sangre llamara quizás a otras
tarariras o, peor aún, despertara a algún tiburón o algún otro monstruo parecido. Vació de un largo trago lo que quedaba en su
botella de Jack Daniels y se cayó desmayado en el bote, para seguir así inconsciente
hasta la aurora siguiente, cuando lo despertó el frío húmedo de la primera mañana…
y una garza, que le empezó a picotear la frente.

Teatralmente, cae el telón, se encienden las luces y la sala se llena de aplausos, todos de pie, emocionados, pero se levanta enseguida nuevamente el telón y todos se callan, llega a la mesa el Pollo Brian (¿a veces es loca la vida, no? pero uno se imaginaría al Payaso Pastelito saliendo de juergas con el Pollo Brian…), que desaparece rápidamente de la bandeja, en una imagen que puede remitir a esos documentales que registran el accionar de ciertos depredadores que actúan en grupo y hacen desaparecer a sus víctimas en cuestión de segundos. Rotundos 4 (cuatro) pastelitos.


A todo esto tenemos una enriquecedora charla con un vendedor de loterías que nos visita y nos revela algunas intimidades del Negocio del Juego. Instructivo y aleccionador.
Pedimos más vino y estudiamos la carta de postres, de donde escogemos: Almendrado con Charlotte. Flan Mixto y Panqueque “Media Hora”. Imposible recordar ahora a cuento de qué, pero Pastelito, que –sepanló- es un gran jugador de golf, nos compartió cierto malestar que venía arrastrando porque su juego se vio muy afectado por no poder disponer, desde hace ya casi un par de semanas, de su palo #7.
Según nos cuenta, en un arranque de furia, en medio de un juego, PP arrojó violentamente por el aire el palo, con la fortuna de no haber matado a nadie, pero con la desgracia de que el palo terminó colgado de un árbol, a una altura que él calcula debe rondar los 12, quizás 15 metros. Intentando resolver el problema, el payaso hizo subir a una niña (de quien preservaremos su identidad) pero eso sirvió sólo para complicar aún más las cosas, porque la pequeña, a los 6, 7, 8 metros, se dio cuenta que estaba muy lejos todavía del objetivo, pero también muy lejos del suelo, y Pastelito no está en condiciones de subir a ningún lado para rescatar a nadie, así que hubieron de intervenir terceras personas para devolver a la niña a su ubicación original, mientras que el palo, en cambio, quedó condenado a permanecer en lo alto, inaccesible.
Como no sirvió tirar pelotas, palos ni piedras, para recuperar el palo, PP instruyó expresamente a sus representantes legales para que intimaran, mediante cartas documento y otros instrumentos, al club de golf donde tuvo lugar el desagradable suceso, para que le “devuelva el palo a la mayor brevedad”, con la amenaza explicita de iniciar, caso contrario, las acciones necesarias para la restitución de su derecho a la libre disposición de sus propios bienes. El Rafa y el sr. M estaban a punto de acompañar a P en su justa indignación (“no te puedo creer, che!”) cuando llegó el mozo con el almendrado y el flan. El panqueque “Media Hora” iba a tardar un poco más, de ahí su ingenioso nombre. Pastelito prueba el almendrado y declara: -“Impecable por donde lo mires”.
Se levanta para hacer una visita al baño y vuelve advirtiendo que el problema no es tanto el tener que bajar por la empinada escalera (de cuya existencia se nos advierte prudentemente en el cartel pegado a la puerta que tenemos a escasos pasos de nuestra mesa), a esa suerte de inframundo privado, sino lo arduo del imposible ascenso que hay que transitar para retornar al nivel del mar. R y M le dejaron separado un último bocado para que al menos pruebe el flan, que estaba bien, y no pasa mucho para que haga su arribo triunfal el panqueque, que a criterio del protagonista estelar de este espacio merecía ser calificado con “todos los pastelitos que haga falta”. Mientras Pastelito se encontraba en su visita a los sanitarios, había llegado la cuenta, que ya había sido solicitada anticipadamente, la cual sumaba $ 1330, e incluía un inquietante cartel agregado a mano que los laderos de Pastelito habían interpretado como “+ $ 200” (es decir que pensaban que por alguna razón que escapaba a su conocimiento y comprensión debían afrontar una cuenta de algo más de $ 1500).
Sabiendo de los recortes presupuestarios que sufrieron estas Crónicas desde el advenimiento de la nueva administración, el Rafa y M decidieron fotografiar la cuenta y enviársela por whatsapp a Pastelito, pensando que la mediatización de la noticia podría a lo mejor atemperar algo la dureza del golpe. Así que cuando regresó a la planta baja, dio cuenta de la muestra gratis que se le había reservado del flan, disfrutó con sus amigos del panqueque con dulce de leche y, acto seguido, notó el mensaje que había recibido en su teléfono. Tras unos instantes de vacilación, Pastelito golpea la mesa con un fuerte puñetazo y exige que pongamos sobre la mesa la cuenta, que habíamos ocultado, y la traduce correctamente, explicándonos que lo que indicaba la anotación manuscrita era que la casa nos estaba redondeando la adición en $ 1200. Efectivamente, se acerca el mozo y nos indica que, habiéndonos reconocido (no podemos entender cómo pudieron hacerlo) y sabiendo que nosotros teníamos por política pagar sin excepción nuestras vistas con el objeto de mantener nuestra independencia periodística, habían querido hacernos una “atención”, cosa que, dadas las presentes circunstancias, esta vez aceptamos y agradecimos.
¡Hasta la próxima!












